Por María Lía Redondo
Hace unos días, una mujer, cercana a una amiga, se acercó a conversar conmigo y, en medio de la charla, me dijo algo que se me quedó resonando: se sentía bendecida porque la discapacidad no le había tocado ni de cerca ni de lejos. En su familia, entre sus amigos y en su vida cotidiana no había —según ella— ninguna persona con discapacidad. Lo dijo con alivio, casi como quien agradece haber quedado a salvo de una realidad difícil y ajena. Mientras la escuchaba, pensé en cuántas veces miramos la discapacidad de esa manera: como algo que sucede en otras familias, en otros cuerpos y en historias que nunca podrían ser las nuestras.
Hay una idea que damos por cierta sin detenernos demasiado a pensarla: la discapacidad les ocurre a otras personas. La vemos en un niño que nació con un diagnóstico, en alguien que sufrió un accidente o en una persona mayor que fue perdiendo capacidades con el paso del tiempo. La observamos desde afuera, como si perteneciera a otra historia.
Pero ¿qué pasaría si por un momento cambiáramos la pregunta? ¿Y si la próxima discapacidad fuera la nuestra? No es una invitación al miedo. Es una invitación a mirar la vida con honestidad, desde la vulnerabilidad de condicion humana.
Porque nadie sabe qué le espera mañana. Un accidente, una enfermedad, un accidente cerebrovascular (ACV), una pérdida de la visión o de la audición, una condición neurológica o simplemente el paso de los años pueden modificar la forma en que vivimos. Muchas de las personas que hoy tienen una discapacidad no nacieron con ella, sino que la adquirieron mientras estudiaban, trabajaban, criaban a sus hijos o construían sus propios proyectos de vida.
Eso cambia por completo la manera de mirar la inclusión. Ya no se trata de pensar qué necesitan “ellos”. Se trata de preguntarnos cómo queremos que nos trate la sociedad si alguna vez somos nosotros quienes necesitamos apoyos.
Porque cuando una persona adquiere una discapacidad no cambia solamente su cuerpo o su salud. Cambian las rutinas de una familia, aparecen nuevas preocupaciones, se reorganizan los tiempos, el trabajo, los vínculos y, muchas veces, hasta los sueños que parecían más simples. Es ahí donde una sociedad muestra quién es de verdad.
No solamente por las leyes que sanciona o por los recursos que destina, sino también por la manera en que mira a esa persona, por las oportunidades que conserva en lugar de quitarle, por la confianza que sigue depositando en ella y por la decisión de no dejarla sola cuando su vida cambia.
Siempre hablamos de inclusión pensando en quienes hoy viven con una discapacidad. Yo creo que también deberíamos empezar a hablar de quienes todavía no la tienen.
No porque todos vayamos a atravesar exactamente la misma experiencia, sino porque todos compartimos algo mucho más profundo: la vulnerabilidad.
Ninguno de nosotros está completamente a salvo de necesitar ayuda alguna vez. Y reconocerlo no nos hace más débiles. Nos hace más humanos.
Cuando entendemos eso, la inclusión deja de ser un gesto de solidaridad para convertirse en una cuestión de derechos y una forma de construir el mundo en el que también nosotros querríamos vivir.
Entonces, la pregunta vuelve a aparecer. No para generar angustia, sino para ayudarnos a pensar:
¿Y si la próxima discapacidad fuera la nuestra?
Quizás ese día descubramos que las decisiones que hoy tomamos sobre educación, trabajo, salud, accesibilidad, tecnología y participación nunca fueron solamente para otros.
Siempre fueron, también, para nosotros.
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